Tengo un amigo, de mi grupo de “montañeros” (a falta de una palabra más precisa para definirnos), que de vez en cuando saca a la terraza su saco de dormir y, sobre una alfombra de césped artificial, se echa a pasar la noche. Por la mañana se levanta más descansado y dinámico. Él achaca esta gratificante experiencia nocturna a su afición a la montaña y al aire libre, aunque dormir al “raso” sea más “incómodo” que dormir en la cama. Pero en realidad lo que hace no es un acto lúdico, sino un encuentro con su naturaleza evolutiva, naturaleza que todos compartimos. Dormir en plena naturaleza es un auténtico placer fisiológico, practicar el vivac es un baño de salud. Y esta experiencia se ve aumentada después de una jornada de 7 horas de marcha por la cresta de una montaña y un hermoso anochecer en mitad del bosque bajo las estrellas.

Un estudio de la Universidad de Colorado demostró que los entornos naturales nos sincronizan con los ciclos circadianos de 24 horas, haciendo que las personas se vayan antes a dormir, tengan sueños más profundos y reparadores y se levanten antes más descansados. La investigación se llevó a cabo en las montañas Rocosas de Colorado, EE. UU., donde se monitorizó el nivel de melatonina (la hormona del sueño) en saliva de los campistas, comparado con el nivel de los mismos campistas pero una semana en la civilización. El estudio demostró que los niveles de melatonina comenzaron a subir al atardecer y que la hora de acostarse se adelantó unas dos horas antes que la noche en casa. Paralelamente, los campistas se levantaron antes de su hora habitual sobre el amanecer.

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