Por las ventanillas aparecen las montañas que escoltan al avión hasta su aterrizaje. El paisaje es duro, frío, desolador. Nos recibe un día gris arropado en un viento gélido nada más salir del aeropuerto de Vagar. Vamos camino a Bour, un pequeño pueblo en la misma isla para almorzar en una antigua posta comercial reconvertida en restaurante típico feroés. No se ve un solo árbol en todo el camino.

La comida en Bour es deliciosa. Antes de dirigirnos a nuestro hotel, remontamos un poco más por la costa sur de Vagar para ver la catarata Mulafossur, uno de esos puntos turísticos. De repente sale el sol y la isla muta la piel, como un camaleón: de oro viejo a verde oscuro. Uno empieza a ser consciente de la belleza de estas montañas que surgen de las entrañas del Atlántico Norte.

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