Por las ventanillas aparecen las montañas que escoltan al avión hasta su aterrizaje. El paisaje es duro, frio, desolador. Nos recibe un día gris arropado en un viento frio nada más dejar el aeropuerto de Vagar. Vamos camino Bour, un pequeño pueblo en la misma isla para un almuerzo en un antiguo posta comercial reconvertido en restaurante típico. No se ve un solo árbol en todo el camino.

La comida en Bour deliciosa. Antes de dirigirnos a nuestro hotel, remontamos un poco más por la costa sur de Vagar para ver la catarata Mulafossur, uno de esos puntos turísticos. De repente sale el sol y la isla muta la piel como un camaleón de oro viejo a verde brillante. Uno empieza a ser consciente de la belleza de estas montañas que surgen de las entrañas del Atlántico Norte.

Mulafossur, ahora con sol, es espectacular. El guía nos explica que hay que tener cuidado con los golpes de viento, cerca del acantilado algunos turistas ya se han despeñado sobre el mar helado. Mañana recibiremos mas raciones de esos golpes de viento.

Después de la vuelta turística nos dirigimos a Magenta Guesthouse, una antigua casa donde una vez los reyes de Dinamarca fueron recibidos para un almuerzo real. Mañana nos espera un trekking con escalada y rappel. Estamos en un viaje organizado por The North Face para la presentación de su película “Land of Maybe”, donde James Pearson, escalador presente en el viaje y compañero mío de rappeling, junto a Cedar Wright y Yuji Hirayama, intenta vencer el  acantilados mas grande de Europa. A la mañana siguiente salimos para Krosstindur,  montaña en la misma isla, que se alza vacía, cubierta con los pastos que cubre todas las Feroe, como si fuese un extraño templo Zen. El ascenso es fácil, casi distendido. A nuestra derecha se extiende el mar, a nuestra espalda el pueblo de Sandavagur, con sus casitas de colores que asemejan a construcciones de Lego. El sol se asoma tímidamente entre las nubes grises filtrando rayos de luz y resaltando el Trøllkonufingur, el “dedo de la bruja”. Una roca de 313 metros de altitud que solo ha podido ser escalada dos veces en la historia. La escena es de las más agradecidas que puede encontrar un fotógrafo o un amante a la montaña. La pendiente se pronuncia cada vez más y el viento nos obliga a usar los cortavientos y ajustar capuchas. Llegamos una planicie, donde el viento racheado  golpea y hace tambalearnos como bolos. Comienzan las primera dudas, si el viento es algo más fuerte no podremos proseguir hasta la cima. Seguimos trepando una montaña que falsamente parece suave desde la cota cero. Llegamos a una cresta, de no más de un 70 cm de ancha en la cúspide. La visión es hermosa y a la vez aterradora, con el mar por su cara este y el valle por el oeste. Y por ambos lados una caída de unos quinientos metros. No es la longitud de la cresta o lo escarpado del terreno lo que hace la ruta ahora más inquietante. Es el viento. Sin avisar, golpea racheado, provocando dar pasos en lateral y desplazamientos en la dirección contraria de la dirección. Uno podría pensar que como barlovento está de la parte de los acantilados, si caes al menos lo harás hacia el valle. El problema es que el viento no es constate, es como un púgil que lanza japs imprevistos, y la reacción es moverse en contra del viento. No hay lado bueno.

Jóhannus Hansen, el guía de Reika Adventure, y los escaladores determinan que se puede pasar. Vamos evolucionando con pies de plomo, mientras esperamos que el viento no nos desequilibre en exceso. La visión es espectacular, pero tomar imágenes se hace un poco complicado. Ganada la cresta, la tensión muscular se suaviza y alcanzamos el hito de la montaña sin mayor dificultad. El viento en la cima se muestra implacable, pero es el momento para relajarse y apreciar uno de los parajes más extraños y hermosos que se pueden contemplar. Estamos sobre la cima del Húsafelli a 591 metros de altitud. Nos falta atacar el Malinstidur, la montaña más alta de la isla con 683 metros, pero el tiempo se nos echa encima. Hay que bajar. Me apunto el trekking más divertido e inspirador que he realizado hasta la fecha en mi diario de viajero.

El descenso a cota 0 no es un paseo por los prados, pero casi. Un par de ovejas autóctonas de largas melenas nos observan con curiosidad. Por la tarde tenemos fiesta en el campamento base de The North Face, con sopa caliente, cerveza y un rapelling de poco más de 35 metros por Ravnagjógv una de las gargantas más negras, mojadas y sublimes de las Islas… Pero esa es otra historia.

5 cosas que he aprendido de las Islas Feroe

Son un parque de atracciones para la bicicleta, tanto de montaña y carretera, la práctica del senderismo y la escalada. Si tiene estos deportes entre sus favoritos, échele un vistazo a las islas como destino.

En una sola jornada outdoor puedes experimentar las cuatro estaciones. El tiempo cambia a una velocidad asombrosa. Acercarse a los acantilados puede ser peligroso por los golpes de viento. Aunque estando tan cerca del círculo polar ártico, el clima es bastante templado con una media de 3 ºC en invierno y 12 ºC en verano

La gente es especialmente amable y abierta. En el 2014 National Geographic eligió las Feroe como la comunidad isleña más atractiva del mundo entre 111 destinos insulares. Corroboro el fallo de National Geographic, sin pensármelo dos veces. Un dato: casi no tiene delitos y ni una cárcel.

La cocina es  exquisita, sobre todo por el salmón, su principal industria, y el cordero. Fantástica. También probé ballena, como en una especie de cecina. Tiene un sabor… con carácter. Número de veces que la caté: 1; veces que la volveré a comer: 0.

El paisaje es “pornográficamente” espectacular. Puedes tirar una foto al azar casi en cualquier dirección y las montañas, los pastos, las cascadas, las gargantas, el océano, las casas, los puertos o las ovejas compondrán un panorama de postal.